David BrooksObservando desde fuera lo que ahora estamos sufriendo en los Estados Unidos –las protestas, la destrucción de estatuas y monumentos, la violencia contra las fuerzas del orden y, sobre todo, el caos de la pandemia que sigue creciendo– sería demasiado fácil pensar que todo es una locura, que no repercute en otros países, y especialmente que “en mi país”, cualquiera que sea, no existen estas divisiones por haberlas superado. Y sería un engaño. Una trampa de ilusiones falsas. No hay lugar en el mundo en que no existen las diferencias culturales, sociales, económicas, educativas y políticas basadas en la raza y el resultante ejercicio de poder de un grupo racial sobre otro.

En cuanto a los Estados Unidos, hay cuatro grandes líneas raciales con mayor influencia y relevancia para la crisis actual junto con otras más pequeñas en número. Una, tal vez el grupo más grande, es la de los “blancos”, de descendencia europea, con muchas variedades. La segunda es la negra, descendientes de gente esclavizada que trajeron los “blancos” contra su voluntad. Tercera, la raza de nativos americanos, los primeros habitantes del territorio, forzados a vivir en reservas ubicadas en los lugares más remotos del país. Finalmente, los “latinos”, gente en su mayoría de mestiza, inmigrantes todos, aunque algunos llevan más tiempo que los “blancos”. Se ha dicho con orgullo que América es como una cazuela donde todos han llegado a fundirse, pero eso no es la verdad. Es una ilusión. Es precisamente lo que se nota ahora mismo.

Cada uno de los grupos raciales y étnicos tiene su propia historia. Y cada historia es como un hilo que contiene todo lo que constituye la cultura: la lengua, la religión, las costumbres, las redes sociales, lo que cada grupo considera de mayor importancia, las maneras de convivir. Esta historia se ha desarrollado durante milenios, tan arraigada en la raza que no se pueden separar jamás. Lo que pasa ahora en EEUU es que por primera vez se ha reconocido la diferencia entre las varias historias y el abismo que las separa. Los diferentes hilos han crecido paralelamente sin mucho intercambio. Cada grupo ha estado tan enfocado en su propia historia que no se ha interesado por la historia de los demás. Yo, dentro de la raza “blanca”, crecí sin conocer a las otras. No tenía conexiones y estudié muy poco su historia. Aprendí “mi” historia por libros; nunca podría imaginar que otros habían aprendido la suya por tradiciones o cuentos. Es cierto que ha habido ciertas áreas donde las historias y las razas se han entrecruzado, notablemente en la música y el deporte. A pesar de eso, en gran parte cada hilo se ha quedado separado, el uno del otro, y no se han entretejido para formar una tela única de muchos colores y patrones.

Es un hecho que la falta de conocimiento de las historias de otros grupos ha contribuido de una manera grandísima a la situación actual. Es también la falta de voluntad para comprender o intentar comprender a las historias paralelas. ¿Cómo podemos entender lo que significa un monumento a los de otra raza sin saber algo de su historia? ¿Cómo apreciar que un lugar sea sagrado para algunos cuando hemos perdido el sentido de lo sagrado en la naturaleza? ¿Cómo aprender a ceder el poder cuando ni nos damos cuenta de que lo poseemos? Todo se complica más al negar el estudio de la historia. Las escuelas la presentan como una serie de acontecimientos, fechas, guerras, etc. Ver la historia como algo vivido por gente real que han creado una cultura que hemos recibido en el presente, es una tarea difícil pero necesaria si vamos a vivir con otros con una historia diversa. Tenemos que saber y conocer nuestra propia historia para luego abrazar una ajena.

Las causas de la violencia son muchas, pero creo que comienza cuando perdemos de vista el hecho que todos actuamos basados en nuestra historia. Puede ser una historia de frustración, pobreza, desigualdad o puede ser una historia de riqueza, privilegio y bienestar. Donde estas historias se mezclan con el factor racial y el del poder, hay luchas, y la potencia de una explosión de violencia. Nosotros tenemos un presidente que se enorgullece de que nunca ha leído un libro de historia. No está solo. Primeramente, nos toca a cada uno de nosotros educarnos, aprendiendo las varias historias, empezando con la nuestra propia. Se vencerá la violencia y la ignorancia con la educación que conduce al respeto mutuo. Así construimos un mundo donde se practica la justicia para todos.

Imagen de Patrick Behn en Pixabay 

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